Tony Raful: ¿La pandemia atajará o abreviará la historia?

“En el presente lo único que fun­ciona como uto­pía es el carácter imprevisible de la historia. La historia no se puede controlar, es con­vulsiva, abierta. Y nos en­seña que una nación por sí misma, aunque concentre todo el poder de muerte y sea un gran imperio, nun­ca podrá controlar el cur­so de la historia. Y esto es una gran utopía, es lo que ustedes están llamando vi­talidad.

La vitalidad de la marcha histórica es tal que va siempre a rebalsar, nun­ca va a poder ser conteni­da y controlada por estas estructuras de poderes, ya sean estatales, sobre estatales o paraestatales. Por­que ahí lo que está en jue­go es una inteligencia de otro orden, que es la in­teligencia de la propia es­pecie, una vitalidad que siempre se le escapa a la burocracia de todos los ór­denes.

Hay una luz históri­ca que debe ser analizada con categorías que son de otros órdenes y que acep­ten las brechas, acepten las fisuras de lo humano. Lo humano se escapa de una manera milagrosa al control por su extraordi­naria complejidad. Nunca será capaz de producir ar­tificios, burocracias, y sis­temas capaces de cerrar esta brecha histórica, es­ta fisura que es propia de la historia y va siempre en dirección de lo desconoci­do. Es un espíritu trágico de la historia que nos dice que la historia está siem­pre en desequilibrio.

La inteligencia está precisa­mente en comprender este desequilibrio que no pue­de ser equilibrado y siste­matizado de una vez por todas.” (Rita Segato)

Hecho imprevisto en sus consecuencias inme­diatas, la pandemia ame­naza y socava la estabi­lidad física, emocional y social de nuestro pueblo. Interrumpe el proceso electoral, agrede el mar­co institucional, trastorna el “mundo feliz” de Aldous Huxley, de nuestras capas medias y altas, y nos hace prescindir bajo la obsole­ta modalidad de un “toque de queda”, de ese fabu­loso mundo tecnológico, puntual, exquisito, cuasi perfecto, digital, multidi­mensional, que fue “una sombría metáfora del fu­turo”, que es nuestro pre­sente, donde se han cum­plido los peores vaticinios con el triunfo de los dio­ses del consumo, la co­modidad y las apariencias seguras y estables del or­be.

La idea es que lo alea­torio, que Nassim Taleb, bautizó como el “Cisne Ne­gro”, por su rareza, puede determinar el cambio de terreno, la invalidez del curso trazado por la histo­ria, y sus cláusulas rotato­rias de mando. La pande­mia es un “cisne negro” no previsto, que puede afec­tar al país y sus institucio­nes, capaz de trastornar el principio omnímodo del Estado y determinar un cambio de mandos infali­ble.

El azar no puede ser enlazado. Imprimámosle a su fuerza ciega, la volun­tad misteriosa de resistir en el desequilibrio. Como dice la antropóloga argen­tina Rita Segato, encarar entre todos “el carácter im­previsible de la historia.” El asunto es que el azar no tie­ne filiación ideológica o po­lítica. Simplemente ocurre, contrariando la lógica im­periosa y racional del análi­sis político.

Sin haber crisis econó­mica se derrumbaron pro­nósticos de analistas y es­tudiosos, zarandeados por los disturbios del azar, uno de los componentes, sólo uno, del ansiado cambio político de mayo.

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